Prueba PISA en México: la otra cara que debemos mirar

2026-09-16 11:46:29 - MUNDO

Cada tres años, la publicación de los resultados de la prueba PISA desata la misma ola de pesimismo nacional en torno a la educación. Observamos el rezago de los estudiantes en matemáticas o las dificultades en comprensión lectora y todo el discurso se torna negativo.

Sin embargo, en medio del reparto de culpas sobre políticos y políticas públicas, el debate suele ignorar un dato revelador que viene casi en los anexos del informe, el de la actitud de los propios estudiantes frente a la educación que reciben.

Lo que destacan dichas cifras es que las y los estudiantes mexicanos no están desencantados de las aulas, sino que poseen un nivel de bienestar personal y un capital motivacional muy positivo, por arriba incluso de lo que se observa entre los países que analiza la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

De acuerdo con las mediciones sobre bienestar estudiantil de la OCDE, los adolescentes mexicanos reportan un nivel promedio de satisfacción con la vida de 7.99 sobre 10, lo que posiciona al país en el primer lugar entre los miembros de la agrupación; el promedio del bloque es de 7.22 puntos.

Adicional a este dato, una gran mayoría de los estudiantes que realizaron la prueba valora la institución escolar y únicamente el 11% considera que la escuela ha sido una pérdida de tiempo, en comparación con el 24% del promedio de la OCDE.

Esta valoración se traduce en una disposición positiva hacia el aprendizaje. En México, el 80% de los alumnos manifiesta sentir curiosidad por descubrir temas nuevos (frente al 73% del promedio OCDE). Asimismo, el 76% asegura realizar un esfuerzo adicional cuando las tareas se tornan difíciles, superando por 16 puntos porcentuales la media de la agrupación (60%).

Con estos datos, uno no puede evitar sentirse frente a una gran paradoja del sistema educativo. Si México cuenta con estudiantes altamente motivados, que valoran la escuela y se esfuerzan, ¿por qué el 70% no alcanza el nivel básico de competencia en matemáticas y el 50% no lo logra en ciencias ni en lectura?

La respuesta parece no radicar entonces en la actitud de las y los estudiantes, sino que pudiera estar más relacionada con problemas estructurales que limitan su potencial. No se trata sólo del diseño de la política educativa, sino también de las condiciones en las que se ofrece la educación.

Las cifras de la Prueba PISA señalan, por ejemplo, que el 50% de los alumnos en México asiste a planteles donde las deficiencias de infraestructura física obstaculizan la enseñanza (frente al 37% en 2022), el 48% padece escasez de materiales educativos como laboratorios y equipos tecnológicos, y el 41% enfrenta la falta de personal de asistencia escolar.

El nivel de satisfacción de 7.99 sobre 10 y el 89% de aprecio por la escuela no debieran ser cifras de un apéndice estadístico; deberían representar una base sólida sobre la cual construir. Estos datos reflejan que el dilema no es por la falta de ganas de los estudiantes, sino por la incapacidad de todo el sistema para estar a la altura de ese entusiasmo.

Se lo debemos a ellos, pero también se lo debemos al futuro del país. Transformar esos niveles de motivación en competencias reales no es sólo un compromiso con las aulas, sino una decisión clave para formar el talento que el mercado laboral y el desarrollo de México exigen. Garantizarles a las niñas, niños y adolescentes el entorno para desarrollar al máximo su potencial es la mejor inversión que podemos hacer.

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